El agua caliente baja por su garganta haciendo que el proceso de hidratación no sea ni siquiera un poco placentero. De hecho, siente nausea con cada trago, es como comer sopa, sin sabor, sin fideos, sin sal, en Agosto con 40º en la Tierra. Aun así no para, no es capaz de dejar de beber, sigue y sigue inconsciente de que debe racionar el agua todo lo que pueda. Hasta que siente como le arrancan la botella de las manos.

Sus palabras no han sonado muy halagüeñas, al contrarío, han sonado más como una velada sentencia de muerte que espera ser ejecutada. Pero tiene razón, mejor que esperar a morir, es buscar una salida, por muy descabellada que parezca, por muy segura que parezca su condena. 

Mira hacía donde está apuntando su dedo, y sólo ve rocas y arena, exactamente lo mismo que si mira en cualquier otra dirección, se pregunta, ¿por qué habrá elegido esa dirección y no cualquier otra?

No sabe si ha entendido muy bien la respuesta, pero no es momento de discutir, si es momento, es de ahorrar saliva, de callarse, y de darle la razón, efectivamente, ha sido él quien la ha dejado elegir. Asiente con su cabeza, y da su aprobación.

A la vez que se lo dice, le tira una bolsa de tela. Acata ordenes sus ordenas sin rechistar, no es la primera ni la última vez que lo hace, siempre acaban con buenos resultados.

Hace tiempo que perdió la noción del tiempo, deben de llevar horas arrastrándose, lo único que le indica que efectivamente se les está agotando es la posición de los soles que Julia decidió perseguir en el horizonte. La sed ha vuelto, desde hace un largo rato le pide que se pare y beba más agua, pero como lo haga va a quedar como el débil de los dos, y su orgullo le impide quejarse, sigue arrastrándose, mientras en silencio desea que Julia por fin se pare, y decida que ha llegado el momento de descansar y sobre todo, de beber agua. 

Sin embargo, lo metros pasan, y pasan, y Julia no dice nada. Cada vez los soles están más bajos en el horizonte, y el calor hace rato que dejó de ser un problema, ahora la carne se le empieza a poner de gallina, conforme menos rayos de luz impactan en su cuerpo, más frío tiene, más ganas tiene de pararse, más ganas tiene de enganchar a Julia como única fuente de calor. Ya no aguanta más, y habla.

Que la gravedad apenas les deje moverse, no significa que les impida sentarse, arrimarse todo lo posible el uno al otro, y compartir lo poco que han conseguido de víveres y que llevan arrastrando todo el camino. Todo lo que tienen es comida de astronauta, nada de un filete de ternera con patas fritas, o un poco de ensaladilla rusa, o una buena tortilla de patatas, todo lo que tienen son barritas energéticas de sabores y vitaminas, de manzana, de salmon, de beicon, que prometen un alto contenido energético y calórico, pero que no prometen tanto en cuanto a sabor y dejarles saciados. Cuando abren la bolsa y miran su botín, la cara de Julia es todo un poema, tanto que no puede evitar empezar a reírse de forma descontrolada. 

Todavía se ríe más, tanto, que al final también empieza a reírse y ninguno de los dos puede parar. La cena, aunque un poco insípida le acaba saciando mucho más de lo que espera, no han sido tanto las calorías, como el poder pasar un día más vivo junto a ella. Cuando acaban, se abrazan fuerte el uno contra el otro debajo de un par de mantas que han cogido junto al resto del botín, puede que no estén en casa, ni en una cama, ni en la Tierra, pero las vistas del firmamento son capaces de suplir todas esas deficiencias, nunca había visto un cielo más oscuro, nunca había visto tantas estrellas juntas ni tan brillantes, nunca había visto cuatro lunas, ni una de ellas tan grande como para parecer que se les va a caer en cualquier momento encima.